El locro sin sal que reconcilió a dos comparsas de Jujuy
B1 · Food & Cuisine
La primera persona que probó el locro fue doña Elvira. Metió una cuchara de madera en la olla, sopló y tomó un poco del caldo. Después cerró los ojos.
—¿Está muy picante? —preguntó Nico. —No tiene sal —respondió Elvira.
Nico pensó que era una broma, pero la cara de Elvira estaba muy seria. Ella llevaba treinta años preparando locro para el carnaval y nunca olvidaba la sal.
—Busca la bolsa —ordenó.
Nico revisó las mesas, las cajas y el depósito, pero no la encontró. Faltaban menos de dos horas para el almuerzo. Los Diablos del Norte habían prometido servir trescientos platos y esperaban ganar el dinero necesario para comprar tambores nuevos.
—No podemos comprar más sal —dijo Nico—. El negocio está cerrado y el camino al centro está cortado.
Elvira miró hacia el otro lado de la calle. Allí cocinaba la comparsa Las Estrellas de la Quebrada. Durante muchos años, las dos comparsas habían celebrado juntas. Sin embargo, tres carnavales atrás, Elvira y Tomás, el cocinero de Las Estrellas, habían discutido por una receta de su abuela. Desde entonces, no se hablaban.
—No vamos a pedirles nada —dijo Elvira.
En ese momento, varias personas corrieron alrededor de la olla de Las Estrellas.
—¡La olla se rompió! —gritó una mujer.
El caldo caía sobre las piedras del patio. Tomás trataba de salvar el locro, pero cada vez perdían más. Cuando vio a Nico, frunció el ceño.
—¿Vienes a reírte? —No. Venía a pedir sal.
Tomás señaló dos bolsas junto a la mesa.
—Tenemos sal de sobra, pero pronto no tendremos locro.
Nico miró la olla rota y después la olla de Los Diablos.
—Nosotros tenemos locro, pero no tiene sal. Podemos juntar lo que queda de su olla con el nuestro y añadir la sal.
Tomás comprendió la idea. Elvira y él se miraron en silencio. Ninguno quería dar el primer paso.
—Si esperamos más, nadie va a comer —insistió Nico.
Al final, todos comenzaron a trabajar. Unos apagaron el fuego bajo la olla rota. Otros llevaron el locro que todavía se podía salvar. Tomás llevó las bolsas de sal, y Elvira probó la mezcla.
—La receta era de los dos —dijo ella en voz baja. Tomás bajó la mirada. —Lo sé. Debí entenderlo antes.
Añadieron la sal poco a poco. Elvira probaba primero y Tomás después. También ajustaron el comino y el ají. Ya no discutían con rabia, sino como dos cocineros que querían salvar el mismo plato.
Al mediodía, una larga fila esperaba el almuerzo. Los músicos comían de pie y los niños pedían otra porción. Nico puso un cartel junto a la olla: “Locro de los Diablos y las Estrellas. Receta de una sola abuela”.
El plato no ganó el concurso porque había sido preparado por dos comparsas, pero el jurado les dio un premio especial por su colaboración. El dinero no alcanzaba para comprar todos los tambores. Por eso, Las Estrellas ofrecieron compartir los suyos durante el desfile.
Esa tarde, las dos comparsas caminaron juntas por las calles. Elvira iba al lado de Tomás.
—El locro necesitaba un poco más de sal —comentó él. —Y un poco menos de comino —respondió ella.
Los dos se echaron a reír. Después de tres años, habían vuelto a encontrar la alegría de la cocina de su abuela.