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Brankářka, která chytala bosá v ekvádorských Andách

En las montañas de Ecuador, cerca de Riobamba, vivía Lucía Guamangate. Tenía diecisiete años y era la portera del equipo femenino de su comunidad.

Un domingo, su equipo jugó un partido muy importante. Si ganaba, recibiría un trofeo y dinero para comprar uniformes nuevos.

Lucía tenía unos zapatos viejos. Durante el partido, uno se rompió. Lucía cayó al correr detrás de la pelota.

—No puedes jugar así —dijo Maribel, la capitana.

—Sí puedo —respondió Lucía.

Lucía miró a su madre. Ella estaba fuera de la cancha y puso una mano sobre su corazón. Lucía entendió que debía continuar.

Se quitó los zapatos y las medias. La tierra estaba fría, pero Lucía conocía bien aquel lugar. De niña, corría descalza por los caminos de su comunidad.

El partido estaba empatado a un gol cuando faltaban dos minutos. Una jugadora rival recibió un penalti. Si marcaba, el equipo de Lucía casi no tendría tiempo para responder.

Lucía respiró y miró la pelota. La rival corrió y lanzó el balón a la izquierda. Lucía saltó y lo detuvo con las dos manos. La gente gritó de alegría.

Después hubo más penaltis. Lucía atajó otro tiro y su equipo ganó cinco a cuatro.

Esa noche, volvió a casa con el trofeo y pequeñas heridas en los pies.

—Mañana compraremos zapatos para ti —dijo su madre.

Lucía sonrió.

—Primero compraremos los uniformes.

Meses después, Lucía recibió una invitación para entrenar con un club de la ciudad. Allí tuvo zapatos nuevos, guantes y una cancha de césped. Pero antes de cada partido importante, tocaba el suelo y recordaba aquella tarde.