Cenotens regel: svar aldrig, når de kalder på dig to gange
B2 · Myths & Legends
La primera vez que el cenote pronunció su nombre, Inés creyó que era un pájaro.
—Inés...
La voz subió desde el pozo de piedra, suave y lejana. Ella se detuvo al borde del sendero, con una carpeta de documentos bajo el brazo. A su alrededor, la selva guardaba el calor de la tarde. No soplaba viento, pero las hojas se movían como si algo pasara entre ellas.
Entonces la voz volvió a llamarla.
—Inés...
Esta vez sonaba igual que Julián.
Inés abrió la boca, pero una mano le cubrió los labios. Era don Laureano, un anciano del pueblo que llevaba un machete en una mano y una bolsa de naranjas en la otra.
—Ni se te ocurra —susurró.
Esperaron en silencio. Desde el fondo llegó un ruido parecido al de una piedra cayendo al agua.
—Era mi hermano —dijo Inés cuando Laureano retiró la mano.
—Tu hermano lleva doce años desaparecido.
—Precisamente por eso.
Laureano dejó las naranjas en el suelo.
—Tu abuela te enseñó la regla. Si alguien te llama una vez cerca del cenote, puedes contestar. Si te llama dos veces, debes guardar silencio, aunque reconozcas la voz. Sobre todo si la reconoces.
De niña, Inés había pensado que aquella advertencia servía para mantener a los niños lejos del agua. Después estudió arquitectura en Mérida y aprendió a desconfiar de las historias que no podían demostrarse.
—Las voces producen eco —dijo.
—El eco repite. No sabe tu nombre.
Inés miró la carpeta. Dentro estaba el contrato que debía firmar al día siguiente. Una empresa hotelera quería comprar el terreno de su abuela, incluido el cenote. El dinero le permitiría pagar sus deudas y ayudar a su madre.
—Mañana este lugar ya no será asunto mío.
Laureano la miró con tristeza.
—Eso mismo dijo Julián.
En la casa familiar, su madre, Teresa, preparaba café sin beberlo. Inés le contó lo ocurrido y preguntó qué sabía sobre la desaparición.
Teresa dejó la cafetera sobre la mesa.
—Julián tenía diecinueve años. Un hombre de Cancún le ofreció dinero por encontrar la entrada a un túnel del cenote. Decía que allí abajo podía haber vasijas o joyas antiguas.
—Siempre me dijiste que se había marchado.
—Te dije que no lo encontraron. Tú tenías quince años. ¿Qué querías que te contara? ¿Que durante tres noches oímos su voz desde el agua?
Teresa bajó la mirada.
—La primera noche me llamó una vez. Le respondí. La segunda noche me llamó dos veces, y tu abuela no me dejó acercarme. La tercera usó tu voz.
Inés sintió un escalofrío.
—¿Por qué la empresa quiere tanto este terreno?
—Han descubierto una red de cavernas. Quieren instalar plataformas, luces y escaleras para convertir el cenote en una atracción turística.
—Eso traería trabajo.
—También abriría lo que tu abuela mantuvo cerrado.
Antes de que Inés pudiera responder, tres golpes sonaron en la ventana. Al mirar, vio a Laureano en el patio.
—Hay luces en el cenote —dijo—. Los trabajadores ya han empezado.
Encontraron dos camionetas junto al sendero. Un generador rugía entre los árboles y varias lámparas iluminaban la abertura. Esteban Rivas, el representante de la empresa, llevaba una camisa blanca manchada de barro.
—Solo hacemos una inspección final —explicó.
—Todavía no he firmado.
—Su madre nos dio permiso para los estudios preliminares.
Teresa bajó la cabeza.
—Necesitábamos el adelanto —murmuró.
Un trabajador salió corriendo de la selva.
—¡Ingeniero! Mateo bajó y no responde.
—¿Cuánto tiempo lleva allí? —preguntó Rivas.
—Diez minutos. Oyó a una mujer.
Desde el cenote llegó un grito:
—¡Ayúdenme!
El trabajador se acercó a la cuerda, pero Laureano lo detuvo.
La voz volvió a sonar:
—¡Ayúdenme!
—¡Mateo! —gritó Rivas.
—¡Dos veces! —rugió Laureano—. ¡No responda!
Las luces parpadearon y el generador se apagó. En la oscuridad, el agua comenzó a agitarse muy abajo.
Entonces Inés oyó a Julián.
—Inés...
Solo una vez.
Teresa le agarró el brazo.
—No respondas.
La voz regresó.
—Encontré la salida.
En la pared interior apareció una luz azulada. Inés distinguió una figura delgada sobre una plataforma de roca. Llevaba la camisa roja que Julián vestía el día de su desaparición.
La figura levantó la cabeza.
—Inés...
Era la segunda vez.
Inés quiso preguntar dónde había estado y por qué no había regresado. Sin embargo, la figura sonrió. Julián nunca sonreía así. Su boca se abrió demasiado, como una grieta oscura.
Inés retrocedió.
En ese momento, la cuerda se tensó y un hombre salió del agua tosiendo. Los trabajadores lo subieron. Era Mateo, pálido y herido, pero vivo.
—Había alguien abajo —dijo—. Una mujer me llamaba con la voz de mi hija.
Rivas miró el cenote y luego el contrato.
—Mañana firmaremos. Podemos aumentar la oferta.
Inés pensó en sus deudas, en el techo de su madre y en la vida cómoda que aquel dinero habría comprado. Después rasgó los papeles por la mitad.
—Mañana denunciaré su entrada ilegal.
—Se arrepentirá.
—Es posible.
La empresa recogió sus equipos y se marchó sin protestar.
Al amanecer, Inés y Laureano colocaron una verja nueva en el sendero. Ella añadió un cartel: PROPIEDAD PRIVADA. PELIGRO. NO PASAR.
—Le falta la regla —dijo Laureano.
Inés tomó pintura roja y escribió debajo:
SI EL CENOTE TE LLAMA DOS VECES, NO RESPONDAS.
Mientras regresaban a la casa, una voz surgió entre los árboles.
—Inés...
Ella se detuvo. La voz no volvió a llamarla.
—¿Y si solo llama una vez? —preguntó.
Laureano miró hacia el sendero.
—Entonces puede ser alguien que todavía necesita que lo escuches.
Inés guardó silencio. Por fin comprendía que algunas voces no buscan una respuesta. Buscan una puerta.