Το αναμμένο φως στον εγκαταλελειμμένο φάρο του Κάμπο Πολόνιο
B1 · Mystery
La luz apareció a las once y diecisiete de la noche.
Clara estaba cerrando la pequeña estación de radio de Cabo Polonio cuando vio un reflejo sobre el mar. Primero pensó que era un barco. Después, la luz giró sobre las dunas y desapareció.
Venía del Faro Norte, un edificio abandonado desde hacía más de veinte años. La puerta estaba cerrada con cadenas y, según los vecinos, la lámpara ya no existía.
Clara encendió el micrófono.
—Si alguien ha visto una luz en el Faro Norte, llame a la radio.
El teléfono sonó de inmediato.
—No hables de eso —dijo una voz de hombre.
La llamada terminó.
A la mañana siguiente, todo el pueblo hablaba de fantasmas y turistas. Clara fue a ver a Mateo, el mecánico de los barcos.
—Esta noche habrá tormenta —le dijo—. Un barco de investigación pasará cerca de la costa. Si confunde esa luz con la del faro oficial, puede acercarse demasiado a las rocas.
Mateo aceptó acompañarla. Llegaron al Faro Norte antes de que empezara la tormenta. La cadena seguía en la puerta, pero había huellas recientes en la arena. En la parte trasera encontraron una ventana rota y entraron por allí.
Dentro olía a humedad, sal y café. Sobre una mesa había una taza todavía tibia, un mapa, varias baterías y una hoja con un mensaje: “23:17. Tres vueltas. Pausa. Una vuelta”.
—No es una luz al azar —dijo Clara—. Es una señal.
Entonces escucharon un golpe en el piso superior. Subieron y encontraron a una mujer de unos sesenta años. Llevaba un abrigo amarillo y una linterna.
—¿Tía Elena? —preguntó Mateo.
Elena estaba junto a una lámpara potente, conectada a las baterías.
—Hace veintidós años, mi hermano Julián salió al mar durante una tormenta —explicó—. Antes de irse, discutimos. Yo trabajaba aquí y le prometí encender la luz tres veces si él regresaba. Dijo que volvería a las once y diecisiete, pero nunca volvió.
Mateo bajó la mirada. Julián era su padre.
—¿Por qué encendiste la luz ahora? —preguntó Clara.
—Se cumplieron veintidós años. Quería cumplir mi promesa por última vez.
—Pero la señal puede confundir al barco —dijo Clara—. La marea y las rocas hacen peligrosa esta costa.
Mateo desconectó una batería. La lámpara se apagó.
—No voy a esperar a mi padre toda la vida —dijo—, pero tampoco quiero pensar que no deseaba volver.
Elena le entregó la hoja.
—Deseaba volver. De eso estoy segura.
Antes de salir, Clara miró la taza.
—¿Quién preparó este café?
Elena frunció el ceño.
—Yo no bebo café.
En el fondo de la taza había arena mojada y una pequeña moneda extranjera. Mateo la reconoció: era de Brasil, como las monedas que su padre guardaba.
Un golpe sonó en la puerta principal. Los tres bajaron corriendo, pero no encontraron a nadie. La cadena seguía cerrada. Afuera, unas huellas bajaban hacia la playa y el viento comenzó a borrarlas.
Esa noche, Clara contó por radio la historia de la promesa y avisó al barco, que pasó lejos de las rocas. No mencionó la taza ni la moneda.
A las once y diecisiete, Mateo miró el mar.
—¿Crees que era él? —preguntó Clara.
—No lo sé. Solo necesito saber que intentó volver.
No apareció ninguna luz. Sin embargo, cuando Mateo abrió la mano, la moneda estaba caliente.