Barranquillan afrikkalaisen Picón viimeinen kasetti
B2 · Music & Arts
El casete llegó dentro de una bolsa de arroz, veinte minutos antes de que encendieran el picó.
—No lo pongas hasta que yo te diga —ordenó el viejo Aníbal.
Su nieta Mara sacó la cinta y la examinó bajo la luz del taller. La etiqueta, amarillenta y casi despegada, tenía dos palabras escritas con tinta azul: LADO SOMBRA. Una grieta cruzaba el plástico transparente.
—Puede romperse apenas empiece a girar.
—Por eso estás tú.
Afuera, en una cancha del barrio Rebolo, más de trescientas personas esperaban frente a El Emperador Africano, uno de los últimos picós antiguos de Barranquilla. Sus enormes parlantes formaban una pared de colores: un guerrero con corona dorada, dos elefantes rojos y un océano verde que no se parecía a ningún mar verdadero.
Durante cuarenta años, Aníbal había sido su dueño, su animador y, según él mismo decía, su capitán. Aquella sería la última fiesta del Emperador. Al día siguiente, un coleccionista de Bogotá se llevaría la estructura y los amplificadores. Aníbal necesitaba el dinero para pagar una deuda del taller.
—¿Qué contiene la cinta? —preguntó Mara.
Aníbal evitó la pregunta.
—Una canción que no ha sonado desde 1989.
—Eso no responde nada.
—A veces una canción responde más que una persona.
Mara abrió la carcasa con cuidado. La cinta estaba arrugada y tenía una reparación hecha con cinta adhesiva común.
—Quien hizo esto era un criminal.
—Fui yo —respondió Aníbal.
A Mara se le escapó una sonrisa, pero desapareció cuando él añadió:
—La grabación pertenece a Rubén.
Mara conocía ese nombre. Rubén había sido socio de Aníbal y había desaparecido de su vida antes de que ella naciera. En la familia se hablaba de él como de una casa demolida: se recordaba que existió, pero nadie explicaba por qué ya no estaba.
—¿Qué pasó en 1989?
Aníbal bajó la mirada.
—Rubén había creado una mezcla con una canción africana y tambores del barrio. También añadió una frase suya al principio. Si ganábamos la competencia contra otro picó, conseguiríamos contratos para todo el carnaval.
—¿Ganaron?
—Yo gané. Antes de la competencia, borré la voz de Rubén y presenté la mezcla como mía.
Durante unos segundos solo se oyó el viento contra el techo de zinc.
—¿Por eso se fue?
—Nadie le creyó. Yo era el dueño del equipo y él era el muchacho que cargaba cajas. La gente escucha al que tiene los parlantes más grandes.
Mara sintió rabia y decepción. Había crecido escuchando historias sobre el talento de Aníbal, pero nunca había pensado que parte de su leyenda perteneciera a otro.
—Entonces no es tu último casete. Es el suyo.
Aníbal asintió.
—Su hija me llamó desde Cartagena. Encontró una carta que él nunca envió. No pedía dinero ni disculpas. Solo quería que, si el Emperador seguía vivo, la mezcla sonara alguna vez con su voz.
—¿Y esperaste hasta hoy?
—Mañana el picó ya no será mío.
—Qué conveniente.
Desde la cancha, un ayudante gritó:
—¡Mara! ¡Quedan diez minutos!
Mara colocó la cinta en una carcasa nueva y la limpió con alcohol. Para evitar que se atascara, tendría que copiarla a un archivo digital, pero no podía recuperar los segundos perdidos.
—Necesito escucharla completa.
Introdujo el casete en una grabadora. Primero apareció un siseo. Luego entraron unas guitarras rápidas, una percusión seca y una voz que cantaba en una lengua que Mara no entendía. Después llegaron los tambores.
Una voz joven dijo:
—Desde Barranquilla, Rubén Salcedo, para que nadie diga mañana que no sabe quién hizo esto.
La frase se cortó después de “quién”. Hubo cuatro segundos de ruido y luego regresó la música.
—No alcanza —murmuró Aníbal—. Sonará como si él no terminara la frase.
Mara pensó en el público y en las grabaciones que circularían por internet. La reparación técnica no podía corregir una injusticia ocurrida hacía más de tres décadas, pero quizá podía hacer visible la verdad.
—Voy a reconstruir la frase.
—No conoces su voz.
—Pero tú sí.
Mara conectó un micrófono.
—Di las palabras que faltan. Después ajustaré el sonido para que tu voz entre al final.
—Sería otra mentira.
—No. Esta vez tu voz no va a robarle la obra. Va a devolverle el nombre.
Cuando comenzó la presentación, la cancha estaba llena. Aníbal tomó el micrófono, pero no usó su saludo habitual.
—Esta última canción no es mía —dijo—. Durante muchos años dejé que creyeran que sí.
El público dejó de bailar. Mara pulsó el botón.
El siseo salió por los enormes parlantes. Luego las guitarras ocuparon la cancha y los tambores hicieron avanzar a la multitud. Cuando llegó la voz de Rubén, Mara contuvo la respiración.
—Desde Barranquilla, Rubén Salcedo, para que nadie diga mañana que no sabe quién…
La unión reparada crujió. Entonces entró la voz envejecida de Aníbal:
—…hizo esto.
No sonaba perfecta, pero precisamente por eso la frase parecía verdadera: una voz había comenzado el reconocimiento y otra, demasiado tarde, lo terminaba.
Durante un instante, el público guardó silencio. Después, una mujer levantó los brazos y gritó el nombre de Rubén. Otros la siguieron, hasta que el nombre se convirtió en parte del ritmo.
Al amanecer, el coleccionista llegó con su camión y pidió el casete.
—Eso no estaba en el acuerdo —dijo Mara.
Aníbal la miró con tranquilidad.
—No. Ese se queda.
Mara guardó la cinta en la bolsa de arroz. El Emperador se iría, la deuda sería pagada y la leyenda ya no sería tan limpia como antes. Pero, cuando el camión arrancó, varias personas seguían en la cancha, repitiendo el nombre de Rubén para no olvidarlo.
Mara comprendió que un picó no vivía solamente en sus parlantes. También vivía en aquello que una comunidad decidía escuchar, incluso después de que la música hubiera terminado.