Kaksi veljestä Vesioikeuden edessä
B2 · Relationships & Drama
El jueves en que debía denunciar a su hermano, Julián Ferrer llegó temprano a la plaza de la Virgen, en Valencia. Aún faltaba media hora para las doce, pero ya había turistas, agricultores y vendedores alrededor de la puerta de los Apóstoles de la catedral.
Para Julián, aquella mañana no era como cualquier otra. Apretaba entre los dedos una fotografía doblada. En ella aparecían él y su hermano Mateo cuando eran niños, sentados al borde de una balsa de riego. Su padre estaba detrás, con una mano sobre el hombro de cada uno.
—Si sigues mirando esa foto, no cambiará lo que pasó —dijo Mateo, acercándose.
—La miro para recordar quién eras.
—Podrías repetir esa frase delante de los síndicos.
Hacía tres semanas que no hablaban sin gritar. Desde la muerte de su padre, seis meses antes, administraban juntos una pequeña finca de naranjos en Quart de Poblet. La tierra no producía grandes beneficios, pero pertenecía a la familia desde hacía cuatro generaciones.
A Julián le correspondía controlar los turnos de riego. Una noche especialmente seca, alguien había levantado la compuerta fuera del horario autorizado. El agua había llegado a la parcela de Mateo y había dejado casi sin riego al señor Peris, otro agricultor de la zona.
Julián había encontrado a Mateo junto a la acequia, con los pantalones mojados hasta las rodillas.
—No abrí la compuerta —había jurado Mateo.
Julián no le creyó.
—Todavía puedes retirar la denuncia —dijo Mateo.
—Peris perdió parte de la cosecha.
—Y nosotros habríamos perdido la nuestra.
—Eso no te daba derecho a robarle el agua.
—Ni siquiera me viste abrirla. Me encontraste intentando cerrarla.
Mateo aseguraba que alguien lo había llamado para avisarle de que el agua estaba entrando en su parcela. La llamada había sido anónima y no podía demostrarlo.
—Siempre tienes una historia —respondió Julián—. También la tenías cuando desaparecieron tres mil euros para reparar la bomba.
El rostro de Mateo se endureció.
—Ese dinero era para el tratamiento de mamá.
—La Seguridad Social cubría el tratamiento.
—No el especialista de Barcelona. Papá lo encontró. Quizá podía ayudarla a caminar mejor.
Julián se quedó inmóvil. Sabía que su padre había buscado nuevas terapias para su esposa, pero ignoraba que Mateo la hubiera llevado a Barcelona.
—¿Por qué no me lo contasteis?
—Porque estabas en Bruselas, ocupado con tu trabajo y tu nueva vida. Yo me quedé con las cuentas, las visitas médicas y los días repetidos.
Julián había vuelto a Valencia diez meses atrás para cuidar a su padre. En secreto, pensaba que aquel sacrificio le daba cierta autoridad. Sin embargo, Mateo nunca se había marchado.
Las campanas empezaron a sonar. Poco después, los síndicos de las comunidades de regantes ocuparon sus asientos frente a la catedral. Como cada jueves, el Tribunal de las Aguas resolvería en público los conflictos de riego. Las partes hablarían, los síndicos preguntarían y la decisión sería inmediata.
Cuando llamaron a Mateo, Julián lo siguió hasta el centro de la plaza.
—Explique la acusación —ordenó el presidente.
—La noche del diecisiete, el agua fue desviada hacia nuestra parcela fuera del turno autorizado. La finca del señor Peris quedó sin el caudal que le correspondía.
—¿Vio al denunciado levantar la compuerta? —preguntó un síndico.
Julián miró a su hermano.
—No. Lo encontré junto a ella, con una mano sobre el mecanismo.
—La estaba cerrando —intervino Mateo.
El presidente le pidió que esperara su turno.
Julián sabía que bastaba con insistir en aquella imagen para que Mateo pareciera culpable. La sanción no arruinaría a su hermano, pero podría apartarlo de la gestión de la finca. Eso era lo que había deseado durante tres semanas, o lo que se había obligado a desear.
Entonces sacó un objeto envuelto en un pañuelo.
—Encontré esta llave cerca de la acequia. Es la llave de la compuerta. Pertenecía a mi padre.
Mateo lo miró, sorprendido.
—Me dijiste que se había perdido.
—Eso creía.
Desde el público, el señor Peris dio un paso adelante. Era un hombre delgado y mayor, que apretaba su gorra contra el pecho.
—Fui yo —dijo.
El murmullo se extendió por la plaza.
Peris explicó que el padre de los hermanos le había entregado la llave para vigilar los naranjos si algún día faltaba. Aquella noche vio los árboles muy secos y desvió el agua durante unos minutos. La compuerta se atascó; asustado, llamó a Mateo desde el teléfono de su hija y se marchó sin decir la verdad.
El tribunal continuó con sus preguntas. Finalmente, determinó la responsabilidad de Peris y estableció la compensación correspondiente. A Mateo no le impuso ninguna sanción.
Al terminar la sesión, los hermanos caminaron en silencio hacia la fuente. Julián sacó la fotografía y se la tendió.
—La encontré en el cajón donde estaba la llave.
Mateo sonrió al recordar que su padre llamaba a aquella balsa «nuestro primer mar».
—También decía que yo no sabía nadar porque me negaba a soltar el borde.
—Y yo te pisaba los dedos para obligarte.
Durante unos segundos, ambos sonrieron. Después, Julián volvió a ponerse serio.
—Te debía una disculpa. Más de una.
—Sí.
—Si hubieras sido culpable, habría pedido que abandonaras la finca.
—Lo sé.
—Y una parte de mí deseaba que lo fueras.
Mateo dobló la fotografía con cuidado.
—Eso también lo sé.
El agua caía de la fuente con un sonido constante.
—Ven esta tarde —dijo Mateo—. Hay que revisar la bomba.
—¿Eso significa que me perdonas?
—Significa que hay que revisar la bomba.
Antes de alejarse, añadió:
—Y trae las facturas de Bruselas. Si vamos a salvar la finca, quiero saber cuánto dinero tienes de verdad.
Julián asintió. No era una reconciliación completa, sino una condición para volver a confiar. Guardó la vieja llave en el bolsillo y siguió a su hermano por la plaza. Por primera vez comprendió que no todas las puertas se abrían con ella.