Loading translation and audio tools…

सोनोरा के बाज़ार में स्टॉल नंबर 43 मौजूद नहीं है

La primera persona que le dijo a Inés que el puesto 43 no existía fue un hombre que vendía jaulas.

—Aquí pasamos del 42 al 44 —explicó, señalando dos locales separados por un pasillo estrecho—. Siempre ha sido así.

Inés miró la última página de la libreta de su padre. Allí aparecía una dirección escrita con letra inclinada: Mercado de Sonora, nave central, puesto 43. Preguntar por Ofelia. Llevar la llave. La fecha era del 17 de septiembre de 1998.

Dos semanas antes, su madre había recibido una notificación. El edificio familiar de la colonia Obrera sería vendido para pagar una deuda. El padre de Inés, muerto seis meses atrás, había usado la propiedad como garantía de un préstamo, pero nadie encontraba los documentos que demostraban que ya lo había pagado. Si no los presentaban, su madre perdería también el pequeño taller de costura donde había trabajado durante treinta años.

Al ordenar las pertenencias de su padre, Inés encontró la libreta y una llave de latón oscurecida por el tiempo. No sabía quién era Ofelia, pero su padre nunca anotaba una dirección sin motivo.

El Mercado de Sonora estaba lleno de sonidos y olores. Junto a los disfraces de luchador había ollas de barro; cerca de los juguetes colgaban hierbas secas, veladoras y amuletos. El aire cambiaba a cada paso: fruta madura, copal, plástico nuevo y comida frita. Inés, arquitecta de profesión, intentó orientarse mediante las columnas y las salidas, pero cada pasillo parecía conducir a otro más estrecho.

En el puesto 42, una mujer de cabello blanco limpiaba una figura de la Virgen.

—Busco el puesto 43 —dijo Inés.

—No existe.

—¿Conoció a una mujer llamada Ofelia?

La vendedora dejó la figura en un estante.

—Las preguntas viejas traen problemas nuevos, hija.

En el puesto 44, un hombre llamado Beto cosía una estrella plateada en un sombrero. Escuchó la historia y bajó la voz.

—Ofelia Romero vendía plantas medicinales. Hace muchos años ocupaba un local entre este y el de la señora Eulalia.

—Entonces sí existía el 43.

—Existía, pero después hubo un incendio pequeño. Al día siguiente levantaron una pared. En los planos oficiales nunca apareció aquel local.

—¿Murió alguien?

—No. Pero Ofelia guardaba documentos sobre unas cuotas ilegales que un administrador cobraba a los vendedores. La noche del incendio, alguien fue a buscarlos.

Antes de que Beto pudiera explicar más, la señora Eulalia apareció en el pasillo.

—Beto, tienes la lengua más larga que tus capas.

Después miró a Inés.

—¿Cómo se llamaba su padre?

—Tomás Aguilar.

Eulalia cerró los ojos un instante.

—Venga mañana, antes de que abran. Traiga la llave.

A la mañana siguiente, el mercado parecía otro lugar. Las cortinas metálicas estaban cerradas y los pasillos permanecían en silencio. Eulalia esperaba junto al puesto 42. Llevaba un abrigo marrón en lugar de su delantal.

—Muéstreme la llave.

La anciana la reconoció y condujo a Inés hasta una estantería llena de figuras. Detrás había una puerta baja, casi invisible bajo varias capas de pintura. No tenía número.

La llave giró con dificultad. El cuarto olía a ceniza y hierbas. Había frascos vacíos, una mesa quemada y un armario de metal. En la pared, escrito con lápiz, se leía: 43.

—Ofelia era mi hermana —dijo Eulalia—. Curaba con plantas y prestaba dinero sin cobrar intereses. Su padre llevaba las cuentas.

—¿Mi padre pidió dinero prestado?

—Sí. Lo necesitaba para comprar el edificio de la colonia Obrera. Pagó todo en agosto de 1998, poco antes del incendio.

Eulalia señaló el armario. La llave abrió el cajón superior. Dentro había recibos, cuadernos y sobres ordenados por apellido. Inés encontró uno que decía Aguilar. Contenía los comprobantes de pago, una copia de la escritura y una carta de su padre:

Ofelia: Ya sé quién amenaza a los vendedores. Guardaré los documentos hasta que podamos denunciarlo. Si algo pasa, cierre el puesto.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó Inés.

—Ofelia sobrevivió, pero se fue de la ciudad. Temía que el administrador atacara a las familias. Nosotros levantamos la pared y fingimos que el puesto nunca había existido.

En otro cuaderno estaban los nombres y las cantidades de las cuotas ilegales.

—Esto podría ayudar a otras personas —dijo Inés.

—También podría ponerlas en peligro —respondió Eulalia—. Llévese los documentos de su padre, pero deje los demás.

Inés quería protestar. Sin embargo, comprendió que la pared no solo escondía un delito. También había protegido a vendedores que no confiaban en la policía ni en los tribunales.

Guardó los recibos y la escritura en su bolso. Luego preguntó:

—¿Ofelia sigue viva?

—Vive en Puebla. Todavía prepara remedios, aunque ahora los llama infusiones.

Eulalia escribió una dirección en el reverso de un recibo.

Al salir, Inés fotografió el número 43. Horas después, el mercado volvió a llenarse de voces. Frente a los puestos 42 y 44, la pared parecía demasiado estrecha para contener una habitación, un incendio y veintisiete años de silencio.

Inés llevó los documentos que quizá salvarían el taller de su madre y una dirección que la conduciría hasta Ofelia.

Los mercados, pensó, no obedecen siempre a la arquitectura. Y la memoria tampoco.