La frontera que dividió la biblioteca de dos amigos
B2 · Relationships & Drama
La línea apareció un martes por la mañana.
Era una franja de pintura amarilla que entraba por la puerta principal de la biblioteca, cruzaba la sala de lectura y terminaba bajo el retrato de la madre de Julián. A la izquierda quedaban las mesas, la sección infantil y casi todas las novelas. A la derecha estaban el mostrador, los libros de historia y la única estufa del edificio.
Julián observó la línea con las manos en los bolsillos.
—Parece una broma.
Mara, al otro lado de la sala, no sonrió.
—No lo es.
Dos días antes, los alcaldes de Valdemora y San Lázaro habían firmado un acuerdo para resolver una disputa territorial de más de treinta años. Según los nuevos mapas, la frontera entre ambos municipios atravesaba la antigua estación de tren donde Julián y Mara habían creado una biblioteca quince años atrás.
Hasta entonces, nadie se había preocupado por saber a qué pueblo pertenecía el edificio. Pero el gobierno regional acababa de anunciar una ayuda para proyectos culturales. La biblioteca podía recibir dinero suficiente para reparar el techo, contratar a una bibliotecaria y evitar el cierre. El problema era que solo uno de los municipios podía solicitarla.
—¿Quién pintó esto? —preguntó Julián.
—Los técnicos de Valdemora. Vinieron a las siete.
—Podrías haberme llamado.
—Te llamé tres veces.
Julián sacó el teléfono. Estaba apagado.
—Podrías haber esperado.
Mara apoyó las manos sobre el mostrador.
—La frontera no iba a moverse porque tú durmieras una hora más.
En otro momento, aquel comentario habría provocado una risa. Mara siempre llegaba temprano; Julián siempre encontraba una razón elegante para llegar tarde. Sin embargo, esa mañana había algo más que una línea entre ellos.
Al mediodía llegaron los dos alcaldes. Teresa Blasco, la alcaldesa de Valdemora, llevaba una carpeta azul.
—La entrada principal está en nuestro territorio —explicó—. Por eso la biblioteca pertenece a Valdemora.
—El setenta por ciento del edificio queda en San Lázaro —respondió el otro alcalde—. También el fondo histórico.
—Pero nadie puede entrar sin pasar por Valdemora.
Teresa abrió la carpeta.
—El plazo de la ayuda termina el viernes. Mara ya ha preparado la solicitud a nombre de Valdemora.
El silencio fue tan repentino que se oyó el zumbido de la lámpara.
—¿Ya la has preparado? —preguntó Julián.
—Solo es un borrador.
—¿Sin decírmelo?
—Si te lo hubiera dicho, habrías querido organizar seis reuniones. No hay tiempo.
—La biblioteca también es mía.
—Precisamente por eso no quiero verla cerrada.
Cuando los alcaldes se marcharon, Julián cerró la puerta.
—Has roto la promesa.
Bajo el retrato de su madre, ambos recordaron las palabras que ella les había dicho muchos años atrás: «Los libros no reconocen fronteras». La mujer les había regalado los primeros trescientos volúmenes y les había hecho prometer que la biblioteca sería de los dos pueblos.
—No uses a mi madre contra mí —dijo Mara.
—Tú sabes lo que quería.
—También quería que este lugar siguiera abierto.
—No a cualquier precio.
Mara soltó una risa seca.
—Qué fácil es hablar de principios cuando no eres tú quien paga las facturas.
Abrió un cajón y dejó sobre el mostrador una carpeta llena de recibos. Había facturas del electricista, del seguro y de la reparación provisional del techo.
—Durante los últimos ocho meses no hemos tenido suficiente dinero —dijo—. He pagado la diferencia.
—¿Con qué dinero?
—Vendí el coche.
Julián miró por la ventana. Hasta entonces no había notado que el viejo automóvil rojo de Mara ya no estaba allí.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque ibas a decir que venderías la casa de tu madre.
—Podríamos haberlo decidido juntos.
—No quería que perdieras esa casa.
—Y preferiste que yo pareciera un idiota.
Mara palideció.
—Tú crees que tener buenas intenciones te libra de las consecuencias. Yo solo intentaba resolver el problema.
Durante el resto del día apenas hablaron. Los lectores observaban la línea amarilla con incomodidad. Un anciano llegó a preguntar si necesitaba pasaporte para buscar una novela, pero nadie se rio.
Al día siguiente, dos empleados municipales empezaron a medir la sala para decidir qué muebles y qué libros pertenecían a cada localidad. Si no presentaban una solicitud común antes del viernes, los alcaldes dividirían la colección. La biblioteca desaparecería tal como ellos la habían imaginado.
Aquella tarde, Julián encontró a Mara clasificando libros junto a la frontera.
—He hablado con un abogado de la capital —dijo—. Existe una tercera posibilidad: crear una asociación independiente. La biblioteca no pertenecería a ningún municipio y ambos podrían financiarla mediante un convenio.
—Eso tardaría meses.
—Él cree que podemos registrarla provisionalmente antes del viernes.
—¿Y la ayuda regional?
—Tendríamos que renunciar a ella este año.
Mara negó con la cabeza.
—Entonces el techo no resistirá el invierno.
—Pediremos un préstamo y organizaremos una campaña. Si hace falta, venderé la casa.
—No. Le prometí a tu madre que cuidaría de la biblioteca y de ti.
Julián la miró sorprendido.
—Nunca me lo dijiste.
—Fue una conversación privada.
—Lleva muerta nueve años.
—Las promesas no caducan porque la otra persona ya no pueda reclamarlas.
Julián observó el retrato. De pronto comprendió que su madre había confiado en Mara para proteger algo más que la biblioteca.
—No venderé la casa —dijo—. Trabajaré por las noches y pediremos ayuda a los vecinos.
—Llegarías tarde también al trabajo nocturno.
—Eso es muy probable.
Por primera vez en dos días, Mara sonrió.
El viernes, los alcaldes llegaron esperando una firma. En lugar de ella, encontraron a más de cien vecinos dentro de la estación. Algunos llevaban cajas de libros; otros, herramientas, tejas o sobres con dinero.
Sobre la línea amarilla habían colocado una mesa con el documento para crear la Asociación Biblioteca de la Frontera.
—Esto es una maniobra —protestó Teresa.
—No —respondió Mara—. Es una solución.
—Perderán la ayuda.
—Este año, sí —admitió Julián—. Pero no perderemos la biblioteca.
Los alcaldes discutieron y finalmente se marcharon sin llevarse un solo libro.
Esa noche, Julián y Mara se quedaron solos. Afuera llovía, y una gota cayó del techo dentro de un cubo metálico.
—Podríamos fracasar —dijo Mara.
—También podríamos conseguirlo.
—¿No estás preocupado?
Julián observó la línea, ya borrosa por las pisadas de los vecinos.
—Sí. Pero ahora estamos preocupados por la misma cosa.
Mara tomó un trapo húmedo y empezó a borrar la pintura. Julián hizo lo mismo desde el lado contrario. Trabajaron en silencio hasta encontrarse en el centro.
La línea no desapareció por completo. Quedó una sombra amarilla sobre las baldosas, visible cuando la luz caía de cierta manera. Decidieron no cubrirla.
A veces, para recordar una promesa, también era necesario recordar lo cerca que habían estado de romperla.