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Kursi kosong saat makan malam Malam Natal

La silla estaba puesta entre Daniel y la ventana, aunque todos sabían que nadie iba a sentarse allí.

—Mamá, quita ese plato —dijo Daniel mientras dejaba una botella de vino sobre la mesa—. Clara no va a venir.

Elena siguió colocando pan en una cesta.

—Le mandé un mensaje esta mañana.

—También le mandaste uno el año pasado.

La abuela Teresa golpeó el suelo con su bastón.

—Es Nochebuena. ¿Podéis discutir después de la sopa?

Desde la cocina llegaba el olor del pescado al horno. Todo estaba preparado para una noche tranquila, excepto por aquella silla vacía.

Clara no había vuelto a la casa familiar desde hacía dos años. La última vez, Daniel la había acusado de robar un anillo de la abuela. Clara tenía problemas de dinero porque su pequeño negocio estaba a punto de cerrar, y Daniel pensó lo peor cuando el anillo desapareció.

—Solo tú sabías dónde estaba —le había dicho.

Clara lo miró con tristeza.

—Si esa es la opinión que tienes de mí, no tenemos nada más que hablar.

Desde entonces, no había vuelto.

Aquella noche, Elena quería vender la casa después de las fiestas. Todos debían firmar unos documentos a la mañana siguiente, pero para ella eso no era lo más importante.

—No quiero dejar esta casa con la familia rota —dijo—. Aquí crecisteis los dos.

—Yo no rompí nada —respondió Daniel.

Teresa levantó una ceja.

—Claro que no. Las cosas se rompen solas.

En ese momento sonó el timbre. Clara estaba en la puerta, con un abrigo gris y una carpeta azul.

—He venido por los documentos —dijo—. Firmo y me voy.

Elena la abrazó. Daniel solo dijo:

—Hola.

—Hola —respondió Clara sin mirarlo.

La silla ya no estaba vacía, pero el silencio era incómodo.

Durante la cena, nadie habló del pasado. Clara mantuvo la carpeta a sus pies, preparada para marcharse. Finalmente, Daniel no pudo callar más.

—¿Vas a vender tu parte de la casa sin hablar con nosotros?

—No hay mucho que hablar.

—Siempre haces lo mismo. Cuando algo se complica, te vas.

Clara levantó la mirada.

—Me fui porque me llamaste ladrona delante de toda la familia.

—Dije lo que parecía evidente.

—Dijiste lo que era más fácil creer.

Entonces Teresa dejó la servilleta sobre la mesa.

—El anillo está en mi habitación, dentro de una vieja caja de té.

Todos la miraron sorprendidos.

—Lo escondí yo —continuó—. Tenía miedo de que lo vendierais para pagar las reparaciones de la casa. Pensé guardarlo unos días, pero después Daniel acusó a Clara. Me dio vergüenza decir la verdad y dejé que el problema creciera.

Clara se levantó.

—Dos años sin entrar en esta casa, abuela.

—Lo sé. No tengo una buena excusa. Solo tengo una disculpa.

Daniel también se puso de pie.

—Yo debo pedirte perdón. Decidí que eras culpable porque estaba enfadado. Tú intentabas construir tu propia vida y yo me quedaba cuidando la casa. Usé tus problemas de dinero para hacerte daño. También te he echado de menos, pero fui demasiado orgulloso para llamarte.

Clara lo observó durante unos segundos.

—Yo también esperaba que llamaras.

—Puedo hacerlo mañana —dijo Daniel—. Podemos empezar por ahí.

Clara miró la mesa, las velas y el plato que su madre había preparado para ella.

—No significa que todo esté arreglado.

—Ya lo sé.

Clara volvió a sentarse.

A medianoche, los documentos seguían dentro de la carpeta azul, sin firmar. Nadie sabía todavía qué harían con la casa. Pero la silla junto a la ventana ya no estaba vacía y, por aquella noche, eso era suficiente.