ผู้พิทักษ์สายน้ำผู้ท้าทายภัยแล้งในลา กัวฮีรา
B2 · Nature & Adventure
La primera vez que Jakeline Romero Epiayú oyó que querían cambiar el curso del arroyo Bruno, no imaginó una corriente azul avanzando por otro camino. Imaginó raíces secas.
En La Guajira, al norte de Colombia, el agua nunca había sido un detalle del paisaje. Era escasa y, por eso mismo, muy valiosa. La lluvia podía tardar meses. El viento levantaba polvo sobre los caminos y cubría los cactus, las casas y la piel de los animales. Quien no conociera aquel territorio quizá solo vería un desierto. Jakeline, en cambio, veía señales: una nube que anunciaba lluvia, las huellas de una cabra o el color de una planta capaz de encontrar humedad bajo la tierra.
Jakeline pertenecía al pueblo wayuu y había crecido escuchando que el territorio no era una propiedad. Era una red de relaciones entre las personas, los antepasados, los animales y la naturaleza. Si se rompía una parte, las demás también sufrían.
El arroyo Bruno era una de esas partes. Alimentaba el río Ranchería y atravesaba una zona afectada por la gran mina de carbón de Cerrejón. La empresa quería desviar un tramo para ampliar sus operaciones. Sus representantes hablaban de estudios técnicos, empleos y desarrollo. En sus documentos, el arroyo parecía una línea que podía moverse sobre un mapa.
Para las comunidades cercanas, sin embargo, aquella línea significaba agua, árboles medicinales, alimento para los animales y refugio durante los meses más duros. Un tanque enviado de vez en cuando no podía sustituir un ecosistema. Si el arroyo desaparecía o se debilitaba, las consecuencias durarían mucho tiempo.
Jakeline ya trabajaba como defensora de los derechos humanos y formaba parte de Fuerza de Mujeres Wayuu, una organización dirigida por mujeres indígenas. Había denunciado los efectos de la minería, la violencia y el abandono estatal. Aun así, el caso del Bruno le planteaba una decisión difícil.
—Si protestamos, dirán que estamos en contra del progreso —comentó un hombre durante una reunión comunitaria.
—¿Y de qué sirve el progreso si tenemos que irnos para sobrevivir? —respondió Jakeline.
No levantó la voz. Su pregunta quedó suspendida bajo el techo de la enramada.
Algunas familias temían perder oportunidades de trabajo. Otras desconfiaban de las promesas de la empresa. También había cansancio: defender el territorio significaba asistir a reuniones lejanas, entender documentos complicados y explicar una y otra vez por qué el agua era necesaria. Jakeline comprendía ese conflicto. Sabía que una familia podía necesitar un empleo en la mina y, al mismo tiempo, lamentar el daño causado por ella. La sequía no permitía decisiones sencillas.
Por eso, antes de hablar ante periodistas o autoridades, caminaba por el territorio. Escuchaba a los mayores y preguntaba a las mujeres dónde encontraban agua cuando los pozos se secaban. Observaba los árboles del arroyo, más verdes que la vegetación de los alrededores. Bajo sus ramas, el aire parecía cambiar de temperatura.
En una de aquellas visitas, una anciana tomó un poco de tierra húmeda y la apretó en la mano.
—Ellos dicen que pueden reconstruir el arroyo —dijo—. Pero ¿también van a reconstruir el camino del agua bajo el suelo?
La pregunta orientó la lucha. Los estudios de ingeniería podían calcular distancias y volúmenes, pero no siempre tenían en cuenta la memoria ecológica del lugar. Un cauce no era solo el agua visible. También incluía semillas, raíces, insectos y rutas subterráneas formadas durante siglos.
La resistencia llegó a los tribunales y a espacios nacionales e internacionales. Las comunidades exigieron protección y una consulta real, no una reunión celebrada cuando las decisiones ya estuvieran tomadas. Jakeline habló con firmeza, aunque sabía que su visibilidad tenía un precio. Como otros líderes de la región, recibió amenazas. Hubo momentos en los que habría sido más seguro callar.
Pero callar también tenía consecuencias.
—Nos llaman obstáculo —explicó en una ocasión—. Sin embargo, somos nosotras quienes preguntamos qué quedará cuando se acabe el carbón.
La frase señalaba una contradicción. El carbón salía de La Guajira hacia mercados lejanos, mientras muchas comunidades seguían sin acceso constante al agua potable. Los trenes cargados pasaban por una región donde algunos niños caminaban kilómetros para llenar recipientes.
La movilización consiguió que el caso del arroyo Bruno recibiera mayor atención de las autoridades y de la justicia colombiana. Distintas decisiones exigieron medidas de protección, participación comunitaria y nuevos análisis sobre los impactos ambientales. La disputa no terminó de manera limpia. El cauce ya había sido intervenido, y las comunidades siguieron denunciando riesgos y falta de garantías.
Jakeline tampoco se convirtió en una heroína invencible. Se cansaba, sentía miedo y a veces se preguntaba cuánto tiempo podía sostener una lucha así. Su fuerza no provenía de la ausencia de dudas, sino de continuar a pesar de ellas.
Una tarde, después de una reunión, regresó al arroyo. El cielo tenía el color pálido de la temporada seca. Durante unos segundos no oyó nada, salvo el viento. Luego distinguió el movimiento suave del agua entre las piedras.
No era una victoria completa. El arroyo seguía amenazado y La Guajira continuaba enfrentándose a la sequía, la desigualdad y la presión minera. Sin embargo, el Bruno todavía corría.
Jakeline se agachó y tocó el agua. Pensó en todo lo que podía perderse y, quizá por primera vez en muchos meses, también en aquello que aún podía salvarse.