ใครถอนต้นเฟรย์เลฆอนออกจากพื้นที่พาราโมแห่งชิงกาซา?
B2 · Nature & Adventure
La primera planta apareció junto al sendero, con las hojas plateadas cubiertas de barro y las raíces expuestas al aire helado. Parecía un cuerpo abandonado.
—Esto no lo hizo el viento —dijo Lucía.
La joven bióloga se arrodilló sin tocar el frailejón. La niebla ocultaba las montañas del Parque Nacional Natural Chingaza y convertía el páramo en un mundo sin límites. Samuel, el guardaparques que la acompañaba, examinó el hueco.
—Lo arrancaron con una pala.
Unos metros más adelante encontraron otro hueco. Luego otro. Antes de llegar a la laguna de Chingaza, contaron diecisiete frailejones arrancados. Algunos estaban abandonados; otros habían desaparecido.
Lucía llevaba apenas tres meses trabajando en el parque, pero sabía que los frailejones crecían muy despacio. Sus hojas capturaban la humedad de la niebla y ayudaban a alimentar quebradas, embalses y, a gran distancia, las tuberías de Bogotá. Si continuaban arrancándolos, el suelo quedaría expuesto a la erosión y la zona tardaría décadas en recuperarse.
—Debemos cerrar el sector —dijo.
Samuel negó con la cabeza.
—Mañana vienen unos periodistas. La dirección quiere mostrarles el proyecto de restauración.
—Pues ahora tenemos algo más urgente que mostrarles.
—O algo que conviene entender antes de convertirlo en un escándalo.
Lucía recordó que, dos años antes, Samuel había acusado a unos campesinos de cazar venados. Después se descubrió que buscaban una vaca perdida. Aunque nadie lo mencionaba, él todavía cargaba con aquella vergüenza.
Siguieron el rastro. La lluvia había borrado muchas señales, pero cerca de un arroyo encontraron marcas de botas y una tira de plástico azul. Lucía la guardó en una bolsa.
—Los viveros ilegales usan este material para vender frailejones como plantas ornamentales —dijo.
—También lo usan los campesinos para cubrir la carga de las mulas —respondió Samuel—. No podemos acusar a alguien solo por una tira de plástico.
La pista los llevó hacia la antigua finca de don Efraín, situada en el límite del parque. Él conocía el páramo mejor que muchos funcionarios, pero su relación con los guardaparques era tensa desde que el Estado había comprado parte de sus tierras.
Al llegar a una colina, oyeron voces. Abajo había un pequeño invernadero construido con madera y plástico azul. Varias palas descansaban junto a la entrada.
—Por fin tenemos una respuesta —murmuró Lucía.
Efraín salió del invernadero con un frailejón joven entre las manos.
—¡Déjelo en el suelo! —gritó ella.
—Si lo dejo aquí, se muere —contestó él.
Dentro del invernadero no había plantas preparadas para la venta. Había bandejas con tierra, instrumentos viejos y casi treinta frailejones enfermos. Algunas hojas tenían manchas marrones; otras plantas apenas conservaban las raíces.
Una mujer con una chaqueta universitaria salió del fondo.
—Soy la doctora Vega. Estudio un hongo que está atacando esta zona.
—¿Tienen permiso para retirar las plantas? —preguntó Lucía.
Vega bajó la mirada.
—Lo solicitamos hace seis semanas, pero nunca recibimos respuesta. La infección avanzaba y decidimos actuar.
Efraín explicó que él les había mostrado dónde estaban las plantas enfermas. Sin embargo, al moverlas sin autorización podían haber extendido el hongo.
—¿Y por qué algunas estaban tiradas junto al sendero? —preguntó Lucía.
Vega respondió que las habían reunido para trasladarlas al invernadero. En ese momento, Samuel señaló la tierra removida y unos pelos negros atrapados en una bandeja.
—El oso andino —dijo—. Vino por las larvas que había bajo las raíces y rompió una parte del invernadero. Probablemente arrastró algunas plantas.
La explicación encajaba, aunque no resolvía el problema. Vega y Efraín habían incumplido las normas, pero intentaban detener una enfermedad que podía destruir una zona entera.
Entonces una cuerda se rompió. El techo de plástico se inclinó y la lluvia comenzó a caer sobre las bandejas. Lucía podía ordenar que nadie tocara las plantas hasta que llegaran las autoridades. Sin embargo, si el techo caía, la tierra contaminada se dispersaría por la pendiente.
—¡Muevan las bandejas al cuarto de piedra! —gritó—. ¡Pero nadie sale de aquí con una planta!
Trabajaron durante casi una hora. Al final, estaban empapados y cubiertos de barro, pero las muestras habían quedado aisladas.
A la mañana siguiente, Lucía envió un informe completo. No ocultó la falta de permiso ni justificó las decisiones de Vega y Efraín. También exigió una inspección inmediata y un protocolo para controlar el hongo. La dirección abrió una investigación y autorizó provisionalmente el trabajo científico bajo la supervisión del parque.
Antes de regresar, Lucía volvió al lugar donde habían encontrado el primer frailejón. Con ayuda de Efraín, lo plantó de nuevo. Era probable que no sobreviviera, pero cubrieron sus raíces con tierra húmeda.
En el barro cercano descubrieron una huella ancha con cinco marcas. El oso había regresado durante la noche.
No había un único culpable. Había un hongo, un animal hambriento, una científica impaciente, un campesino desconfiado y una institución demasiado lenta. También estaba Lucía, que había llegado creyendo que proteger la naturaleza consistía en separar a los inocentes de los responsables.
Mientras la niebla se abría sobre la laguna, comprendió que sería mucho más difícil. Y, por primera vez desde su llegada a Chingaza, esa dificultad no le produjo miedo, sino respeto.