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Landsbyen, der lærte at lytte til vulkanen Tungurahua

Antes de que sonara la alarma, los perros dejaron de ladrar.

Lucía lo notó porque en su barrio de Baños de Agua Santa siempre había ruido. Sin embargo, aquella mañana todo estaba muy tranquilo. Entonces llegó un sonido profundo desde la montaña. No parecía una explosión, sino el ruido de un camión enorme bajo la tierra. Las ventanas temblaron durante unos segundos.

Lucía miró el Tungurahua, un volcán de unos cinco mil metros de altura. Una columna gris salía del cráter y se mezclaba con las nubes.

—Hoy está hablando fuerte —dijo su abuelo Mateo.

Lucía tenía veintidós años y era voluntaria en el grupo local de radio. Recibía información de las comunidades cercanas y la comunicaba a las autoridades.

—No está hablando, abuelo. Es gas y ceniza —respondió mientras encendía la radio.

Mateo sonrió. Había vivido junto al volcán toda su vida. Conocía el color de sus nubes, el olor del aire y los sonidos de los ríos. En kichwa, Tungurahua significa “Garganta de Fuego”.

Después de una fuerte actividad del volcán en 1999, muchas personas tuvieron que salir de Baños. Más tarde, varias comunidades organizaron una red de observadores llamados vigías del volcán. Ellos vigilaban el cráter, recogían ceniza y compartían información por radio. Su experiencia no reemplazaba a la ciencia, pero ayudaba a completar los datos de los instrumentos.

Aquella mañana, una carrera de bicicletas debía pasar cerca de una quebrada. Casi doscientos participantes llegarían al mediodía. Si había peligro, la ruta debía cerrarse antes de las diez.

La radio hizo un ruido seco.

—Base, aquí Juive. Hay ceniza fina y escuchamos golpes en la parte oriental —dijo una voz.

Poco después, otra comunidad informó:

—Aquí Pondoa. Los animales están inquietos y el agua del canal viene más oscura.

Los instrumentos mostraban actividad, pero todavía no había una orden oficial.

—No podemos cancelar la carrera solo por unos animales nerviosos —dijo Andrés, el coordinador—. Han venido turistas de todo el país.

—Tampoco podemos ignorar varios avisos —contestó Mateo.

Lucía salió con su abuelo hasta un puente sobre el río Pastaza. El viento llevaba un olor parecido al azufre y sobre las hojas había polvo gris.

—Escucha el río —dijo Mateo.

Lucía cerró los ojos. Entre el agua y el viento distinguió golpes irregulares, como piedras dentro de un tubo.

—Es material que baja por una quebrada —explicó Mateo—. Si llueve en la parte alta, la ceniza y las rocas pueden formar un lahar, una corriente de barro y material volcánico.

En ese momento, la radio volvió a sonar:

—Está lloviendo fuerte en la parte alta.

Lucía regresó a la estación.

—Hay que cerrar la ruta —dijo.

—¿Lo indican los instrumentos? —preguntó Andrés.

—Todavía no con claridad. Pero tenemos varios avisos: ceniza, agua oscura, golpes en el río y lluvia en la montaña. No es una sola señal. Es una red de observaciones.

Andrés dudó, pero ordenó cerrar la carretera. Cuarenta minutos después, una corriente de barro, ramas y piedras cruzó un tramo de la ruta. Nadie resultó herido.

Esa tarde, Lucía volvió al puente con Mateo.

—Tenías razón —admitió.

—No exactamente —respondió él—. Los mayores también podemos equivocarnos. Por eso debemos escuchar a la gente, al volcán y a los científicos.

Desde entonces, Lucía entendió que la ciencia y la experiencia local eran más útiles cuando trabajaban juntas. Encendió la radio y escuchó con atención el ruido lejano del Tungurahua.