Natten, hvor floden kogte ved siden af Villarrica-vulkanen
B1 · Nature & Adventure
El río Turbio nunca estaba caliente. Bajaba de los glaciares del volcán Villarrica y, aun en verano, su agua parecía hielo. Por eso, cuando Elisa vio vapor sobre el río, pensó que sus ojos la engañaban.
Eran casi las once de la noche. Elisa trabajaba como guía de montaña y ayudaba a un grupo de científicos. Desde una pequeña estación de control, revisaba las cámaras y llevaba baterías a los aparatos que medían los movimientos de la tierra.
El volcán había lanzado ceniza durante la tarde. Ahora el cielo tenía un color rojo oscuro y, de vez en cuando, algunas piedras brillantes caían dentro del cráter.
—Elisa, regresa a la estación —dijo Tomás por la radio—. La actividad está aumentando.
—Hay vapor sobre el Turbio —respondió ella—. Muchísimo.
—Tal vez sea niebla.
Elisa bajó por un sendero hasta la orilla. Allí sintió calor en la cara. El agua se movía con fuerza y pequeñas burbujas aparecían entre las piedras. Un olor fuerte, parecido al de los huevos, llenaba el aire. Metió un palo en el río y lo sacó caliente.
—No es niebla —dijo—. El río está hirviendo.
En ese momento, el suelo tembló. Elisa miró río arriba y vio una masa oscura que bajaba por el valle. Llevaba barro, ramas, ceniza y bloques de hielo. El calor del volcán estaba derritiendo parte del glaciar.
—Tomás, algo grande viene hacia aquí. No es solo una crecida.
—¡Sal de ahí ahora mismo! Es un lahar.
Elisa comenzó a subir, pero recordó que la familia Antilef seguía en el valle. Rosa vivía allí con su padre, don Manuel, y su hijo de ocho años. Esa tarde habían rechazado la evacuación porque don Manuel no quería dejar solos a sus caballos.
—Voy a avisarles —dijo Elisa.
—No puedes bajar. Tienes que ir a un lugar alto.
—Conozco otro sendero. Llega detrás de su casa.
—Tienes quince minutos. Si el ruido aumenta, sube sin mirar atrás.
Elisa corrió entre los árboles. La ceniza caía como una lluvia gris y el río rugía a su lado. Cuando llegó a la casa, Rosa estaba cerrando las ventanas.
—Viene un lahar —explicó Elisa—. Tenemos que subir a la ladera.
Don Manuel apareció junto al establo.
—No voy a abandonar los caballos.
—Si intenta soltarlos ahora, perderemos tiempo. Abra la puerta y ellos buscarán terreno alto.
El hombre dudó, pero finalmente abrió el establo. Los caballos salieron corriendo hacia el bosque. Rosa despertó a su hijo, lo cubrió con una manta y los cuatro comenzaron a subir.
Habían avanzado poco cuando escucharon un golpe enorme. El puente desapareció bajo una ola negra. El barro golpeó las paredes de la casa y apagó las luces.
El niño empezó a llorar.
—Mira los árboles —le dijo Elisa—. Mientras veas sus copas, seguimos subiendo.
Al fin llegaron a una zona rocosa, lejos del canal del río. Desde allí vieron el lahar cruzar el valle. En algunos lugares, el agua echaba vapor. Parecía que el río entero hervía bajo la luz roja del cráter.
La radio volvió a sonar.
—Elisa, responde. ¿Están a salvo?
—Sí. Somos cuatro.
Tomás dejó escapar el aire.
—Nunca vuelvas a ignorar una orden.
—Nunca vuelvas a llamar niebla a un río hirviendo.
A pesar del miedo, Rosa se rio.
Al amanecer, los equipos de emergencia encontraron al grupo. La casa había sufrido daños, pero seguía en pie. Dos caballos regresaron esa mañana y el tercero apareció al día siguiente, cubierto de barro.
Desde la ladera, Elisa miró el Villarrica. El volcán estaba más tranquilo. Entonces entendió que conocer la montaña no significaba no tenerle miedo, sino escucharla, incluso cuando decía algo imposible.