Locul rezervat din ultimul autobuz din Quito
A2 · Daily Life
Cuando Lucía subió al último bus de Quito, vio algo extraño: el bus estaba lleno, pero había un asiento vacío. Eran casi las once de la noche. Lucía estaba cansada después de trabajar diez horas en una panadería. Necesitaba llegar a casa antes de medianoche para cuidar a su sobrino.
El asiento estaba cerca de la puerta. Sobre él había un papel amarillo: «ASIENTO RESERVADO». Al lado estaba un hombre de unos cincuenta años, con una chaqueta gris y una bolsa negra.
—Disculpe, ¿está ocupado? —preguntó Lucía. —Sí. Mi hija va a subir más adelante —respondió el hombre.
El bus salió de la parada. Después de diez minutos, nadie subió. Lucía estaba de pie y le dolían los pies.
—Señor, estoy muy cansada. Si su hija sube, le doy mi asiento. —Espere, por favor. Solo faltan dos paradas.
El conductor escuchó la conversación. —En este bus no se pueden reservar asientos —dijo—. Quite el papel. El hombre bajó la cabeza. Lucía tomó el papel y se preparó para sentarse.
En ese momento, el bus paró junto a un hospital. Una joven salió con dos muletas. Una enfermera la ayudó a subir. —¡Elena! Aquí estoy —dijo el hombre. —Papá, pensé que no ibas a venir. Él ayudó a Elena a sentarse. —Tuvo una operación esta tarde —explicó—. Le pedí al conductor anterior que guardara este asiento.
Lucía sintió vergüenza. —Perdón. No entendí la situación. Más adelante, otra pasajera dejó libre un asiento. —Siéntate —le dijo a Lucía. Al llegar a casa, faltaban cinco minutos para medianoche. Lucía abrazó a su hermana. Esa noche aprendió que un asiento vacío no siempre está realmente vacío.